Como Dios me trajo al mundo

 

Esther Lopera,
llicenciada en Publicitat i Relacions Públiques, exalumna de l'EUCC

 


 

Siempre he pensado que en algún rincón oscuro de nuestra mente se albergan agazapados aquellos recuerdos que van unidos a momentos de nuestra infancia y que tan solo aparecen cuando un elemento, cuya función es transportarte hacia ellos, surge en un instante de tu vida como por arte de magia. Por ello, a todas esas personas soñadoras y algo melancólicas nos encanta dejarnos llevar por ese momento único y revelador disfrutando de cada recuerdo como si fuera la primera vez.

 

Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que un día frío de invierno te sientes en el metro junto a un señor con barbas calvo de mediana edad, y que de repente el dulce perfume que el individuo ha rociado sobre su calva antes de salir de casa, por esas cosas de Dios, te recuerde a la fragancia que usaba tu primer amor. Entonces cierras los ojos y dejas que la Él te embargue, como a una adolescente y que revivas ciertas experiencias en cuestión de segundos... ¡Qué maravilloso viaje, qué sensación más embriagadora...! Pero abres los ojos y aterrizas de nuevo en la fría realidad y te ves a ti, en el metro, junto a un barbas, meciéndote suavemente en un recuerdo.

 

Por suerte o por desgracia ese pasaporte de viaje a veces deja las sensaciones de ternura en el puerto y, a cambio, vienen de polizón la angustia y la desesperación.

 

“Acabé” mi carrera de Publicidad y Relaciones Públicas el pasado septiembre, y digo “acabé”, entre comillas, puesto que todavía tengo algún que otro crédito de libre elección pendiente. Eso sí, acabé mi último examen, saboreé mi última noche de estudio, mi último ataque de estrés... Me despedí de la agonía propia de las “convocatorias de la salvación” (dícese de aquella última oportunidad que nos brinda la universidad para sacarte la carrera limpia y que tiene su inicio y su final en las dos primeras semanas del fatídico mes del fin del verano). Me sentía borracha de felicidad y llena de todo.

 

Todavía impregnada de esa inocente sensación me puse mi traje de aventurera, me fui a un locutorio y empecé a navegar por un mar muy concurrido llamado Ofertas de empleo y más concretamente, me centré en un charco, algo turbio, conocido como Infojobs. Observé cada oferta de trabajo, una por una, primero reduciendo el campo de selección del puesto que yo quería ocupar. Poco a poco, mi ambición también fue reduciéndose por momentos, hasta pisar los límites del realismo y mi visión laboral, pues, se fue ampliando generosamente. Oferta tras oferta, requisito tras requisito, experiencia tras experiencia y demandas tras demandas, mis ojos empezaron a nublarse y la cabeza empezó a darme vueltas. Me di cuenta que era otra vez Él. Él insistía en visitarme nuevamente. Él, otra vez, el ansia por transportarme a algún rincón inédito ya frecuentado antaño. Esta vez, de manera angustiosa cerré los ojos nuevamente y me arrastré hacia un nuevo destino, la extraña divagación no me llevó a recordar mi primer novio, ni mi primera comunión, ni nada por el estilo. El viaje se detuvo en el comienzo: el primer intento de búsqueda de empleo me llevó a encerrarme en el frágil cuerpo de un bebé. Me hizo sentir desnuda e inocente como un bebé recién nacido. Sentí vibrar mi trasero como reacción a la palmada del doctor y hasta sentí como apretaba mis labios mientras mis incoloros ojos de recién nacido se llenaban de lágrimas. Me sentí tan vulnerable como Dios me trajo al mundo . Instantes después abrí los ojos y aterricé en mí, miré atentamente la web a la que había estado conectada toda la tarde, traté de olvidar la fragancia y me alegré de ver con claridad al barbas calvo, como una visión alentadora sacada del corazón de las tinieblas.

 

El camino es muy largo, me dije. Ahora empieza la auténtica batalla, así que iremos forjando pasito a pasito ese camino llamado vida y ese trabajo llamado sueño. Iremos vistiendo a ese bebé, desnudo de experiencia y virgen por obligación, con un jersey de entrevistas, pantalones de currículum y calcetines de rechazo. Echaremos mano de la chaqueta de prácticas universitarias, que aunque está vieja y tiene agujeros, siempre va bien para guardarse del temporal. Le serviremos de un buen par de zapatos de ilusión para que no se destroce los pies por el camino, y le obligaremos a coger provisiones, para que no desfallezca nunca. Al fin y al cabo, ¿qué somos sino auténticos colones de la felicidad?